Canta el cielo canción nueva, despierta tu voz de macho, alerta mi pecho lleva tu eco como una excusa...
Para encender un silencio en medio del firmamento, para apagar un espejo estremecido en el viento...
¡Canta y hunde hombre mío, canta y hunde bajo el manto perpetuo de arenas frías cada gota de mi llanto!
Porque tu voz escondida, no es la voz de quien sentencia, es la voz de la clemencia que va cerrando una herida...
Es tu canto el de las olas, peñascos muros de piedra que contenerte a solas no pudieron en la tierra...
¿Hay quién pueda a ti soñarte como te sueñan mis noches, y con los sueños rodearte sin obsequiarte un reproche?
No existe en toda la mar una estrella reflejada que no tiemble a tu llamada y ante tu nombre sin par se oculte envuelta en espuma, refugiándose en la bruma para dejarte brillar...
Lo pronuncia cada ola bajo tu altar sacudida y hasta la luna cetrina del invierno a ti se inmola apagando su blancura del firmamento... ¡oh locura! para que brilles a solas...
Y de la tierra un guerrero enmudece ante tu estrofa y de todo dios se mofa al encontrar tu sendero... y hunde su espada en el mar y forja con mano de herrero hecho de sales tu altar...
Mira que un Ángel he sido y del Olimpo desciendo hundido en la carne y vestido de piel ingrata, de huesos humanos y bebo el olvido de toda gloria pasada respondiendo a tu llamada a mi trono he renunciado y un altar he edificado a tu hermosura, mi amado...
Mas llego a esta tierra sin fin y no te encuentran mis ojos y del Hado cruel antojo acabe siendo arlequín, tú mi amado, habías partido hacia el cielo que hoy olvido para encontrarme y así no se cruzó nuestro camino, trago amargo del destino hoy el humano resultó y tú el dios en los cielos que escondido entre los velos escucha mis versos e insulso por siempre ese mar me condena en esta isla que apenas es capaz de contener ese amor que ha de volver ante tu rostro por siempre como vuelve el sol naciente cada día a amanecer...