miércoles, 9 de enero de 2008

Doce Flores De Amor Y Una Dulce Ilusión

Yo sí guardé en el pecho el amor que nunca se olvida, por mi Dios juro... que lo adoré tanto...
En las tardes de lluvia se volvía como un niño a entrometerse entre mis brazos, desde la más tierna distancia que nunca quiso acortar...
En algunas noches... como señor elegante, tomaba mi mano y me llevaba a bailar...
Nunca amé tanto mi soledad, desde que él descubrió mis más, yo lo soñaba entonces, inmune a todo mal, hurgando un horizonte cubierto de regresos, vestida con el traje febril de la esperanza y los ojos llenos de memoria...
En mi delirio inmenso, jamás imaginaba que podría ser el dueño y creador de cada uno de mis sueños...
Al verlo de mi lado, por siempre desprendido de toda promesa, me convertía en la mujer más valiente y poderosa que yo nunca había conocido... preciados valores...
Jamás lo eché de menos con tanta alegría... desde que él dejó el sonido de su mirada en mi cuarto...
Su amor se distinguía como un blanco clavel de pureza, entre el dolor que daban las espinas de tantas rosas rojas... Su amor fue inocente como el primero y eterno como el último... Su amor no se compara, no se cambia, ni se reniega... sólo se vive...
Once rosas rojas y un blanco clavel... Y mi ilusión infinita de algún día coincidir con él...